La Odisea de Homero o, peor, acudir a las instituciones del Estado capitalista

Ha terminado el proceso judicial en el que denuncié a mi exjefe por haber incumplido la ley con mis contratos. Él mismo ha reconocido que, efectivamente, esos contratos fueron ilegales, así que ambas partes hemos firmado un acuerdo antes de llegar a juicio y con la suma (irrisoria) de dinero que me dará se cierra este capítulo para mí y para él, pero de maneras muy diferentes.

Ministerio de trabajo, migraciones y seguridad social

Por qué denuncié: la situación laboral que tenía

Mi situación no es poco común ni extraña: es un ejemplo más del trabajo precario que existe. Trabajar en una pequeña empresa de barrio en el que el jefe, un pobre pequeño autónomo, aprovecha la situación de paro y malas condiciones laborales para darte la mitad de sueldo en negro y ponerte tareas titánicas por las que se paga menos de diez euros la hora

Mientras trabajas allí observas que tus contratos ilegales no son la única cosita irregular que se hace y que con el paso de los meses la situación laboral que tienes hasta empeora, pero necesitas un curro así que es algo que toca aceptar. Y entonces, tu salud o tú seguramente exploteis (en mi caso fue lo primero), lo que genera conflictos aún más grandes con el jefe y al final, cuando toca cogerse la baja y te están presionando por todos lados es cuando probablemente te echen o no te renueven, y ahí te quedas: con una mano delante y otra detrás. 

Al denunciar me dijeron que de las horas “extra” era mejor dejarlas marchar porque eran muy difíciles de probar. Y resultó ser cierto, porque todos mis alumnos dijeron que no podían testificar con todo tipo de excusas. Me desearon suerte, eso sí. 

denunciar no es un proceso precisamente accesible

Plantearse denunciar es ya de por sí complicado: estas situaciones están tan normalizadas que hay mucha gente que decide pasar a buscar el siguiente trabajo y punto. Y denunciar en sí, cuando ya te has decidido a ello, no es algo precisamente fácil. El proceso es desconocido para la mayoría, y hasta buscar un abogado es una aventura que no sabes muy bien cómo pilotar. Yo tuve suerte. El Sindicato de Hostelería me ayudó y pude acudir a un abogado, comunista organizado, que no me cobró por sus servicios. Para la mayor parte de la masa trabajadora, el proceso tiene que ser aún más críptico de lo que fue para mí. 

Independientemente de lo complicado que es el proceso en sí, también es complicado de tragar lo que se puede denunciar y lo que, ya de entrada, te informan de que es demasiado difícil, o no te conviene, o simplemente no va a funcionar. De las horas “extra” me dijeron que era mejor dejarlas marchar porque era muy difícil de probar, sobre todo si no fichaba siquiera (algo que también es ilegal). Y resultó ser cierto que era imposible probarlas porque, incluso aunque acudí a las personas a las que había dado clase en la academia, todos mis alumnos dijeron que no podían testificar con todo tipo de excusas. Me desearon suerte, eso sí. 

El que un trabajador esté preocupado por alguien más que sí mismo parece una idea difícil de digerir para los inspectores de trabajo

El episodio aún más surrealista: inspección de trabajo

Para denunciar todas las irregularidades que no tenían que ver directamente con mi contrato acudí a Inspección de Trabajo y puse allí una denuncia también. Uno creería que es obvio que no se acude a Inspección solo por interés particular, siendo que ni siquiera está pensada para resolver estos casos como los juzgados. Sin embargo, el que un trabajador esté preocupado por alguien más que sí mismo parece una idea difícil de digerir para ellos

Cuando me citaron para una entrevista con el inspector yo me armé con (aún más) pruebas de las que había presentado en un principio y fui a un edificio pomposo por el centro donde me senté ante un señor que ni siquiera parecía haberse leído mi denuncia entera. Las preguntas que me hizo fueron dirigidas a mis contratos, y sus consejos hacia centrarme en conseguir lo poco que pudiera y dejarlo estar. Recuerdo perfectamente mi pregunta: “pero, ¿van a ir a hacer una inspección? Porque yo en la denuncia pongo que están haciendo fraude y todo”.

“Es difícil de decir”, me dijo, y por supuesto ni se dignó a mirarme a la cara al hacerlo. “Estas cosas son complicadas. Tú céntrate en tu proceso judicial, que te reconozcan el despido improcedente.”

Yo intenté explicarle, ya que estaba allí, “pero es que también hice horas extra, y además no soy la única así.” Mis compañeras estaban igual, y estoy segura de que la nueva persona que se haya contratado para sustituirme va a tener el mismo tipo de contrato y condiciones. Que yo ahora tengo que mirar por lo mío, me insistió. Prácticamente es lo único que me dijo.

“Pues a ver, sí, en eso estoy, por eso denuncié ante el juzgado, pero estoy aquí diciéndole todas estas cosas ilegales… porque son ilegales, ¿no?”

Tuvo que leerse la denuncia en el momento para contestarme que sí. Y al final lo único que me dijo es que le avisara de cómo me iba el juicio, que mucha suerte (todo el mundo te desea siempre suerte en estas cosas). “¡Gracias!”, le dije yo. Gracias por nada, supongo. 

Cuales han sido las consecuencias 

El día del juicio ni siquiera llegué a entrar, porque ya se había llegado a un acuerdo y yo, que ya iba quemada con todo el tema, solo quería firmar y olvidarme de ello. Porque total, ya me había quedado claro que no iba a sacar nada de todo esto. 

Después de varios meses de procesos tengo unos cientos de euros más en el bolsillo y la certeza de que el sistema y las instituciones capitalistas no están diseñadas para defender a la clase obrera.

Y después de un acuerdo baratísimo para mi exjefe y la casi certeza de que no le va a llegar una inspección de trabajo (es que es complicado, aun si denuncias con pruebas, nombres, fechas, y les señalas qué es ilegal, vamos, aún haciéndoles el trabajo), lo que está clarísimo es que todo va a seguir pasando igual. Y eso, por mucho que se me haya reconocido un par de cosas ilegales, no es una victoria; no mientras tenga que pasar por delante y ver el establecimiento abierto en un horario en el que se supone que no hay nadie contratado.

para qué sirven las instituciones en verdad

Al final, después de varios meses de procesos tengo unos cientos de euros más en el bolsillo y la certeza de que el sistema y las instituciones capitalistas no están diseñadas para defender a la clase obrera. Están diseñadas para parapetar a los burgueses, para solidificar la explotación en que se basa el sistema y, si eso, para reconocer alguna vez ante los juzgados que tienes derechos formales. Todas tenemos derecho a la justicia, a la igualdad, a un salario “digno”, pero la realidad es que me toca buscar otro trabajo que seguramente tendrá las mismas condiciones que he denunciado, que mi exjefe va a seguir haciendo lo mismo que hacía y que las leyes no son ningún obstáculo para ello.

No es esta una realidad nueva para nadie ni es una situación única a estos conflictos (es, de hecho, la norma), pero es en estos casos concretos donde podemos comprobar que la opresión diaria que sufrimos como clase viene del funcionamiento normal del estado capitalista, no de su fallo. Y esto sucede porque el estado no sirve a la clase obrera, sino a la burguesía.

Cómo debemos usar a las instituciones

Hay quien dirá ahora que no podemos dejar de acudir a estas instituciones aunque sepamos para qué sirven en realidad y es cierto. No se quiere alentar a nadie a dejar de denunciar abusos laborales, y todas sabemos que la burocracia puede servirnos (si conocemos cómo usarla) para muchas cosas. Podemos retrasar desahucios por meses, hazaña nada deleznable, o incluso acceder al famoso ingreso mínimo vital que tanto dio de hablar y que está tan enterrado en burocracias que al final poca gente está recibiéndolo.

En mi caso también, no creo que haya sido una pérdida de tiempo. Pero es el sentido y el objetivo con que usamos a las instituciones el que nos salva de caer en la trampa de pensar que van a resolvernos algún problema real como clase. Es verdad que quizás podemos sacar algo en casos puntuales (y, sobre todo, individuales) y no hay que rechazarlo solo por principio, pero llevarles los problemas estructurales es acudir a un callejón sin salida, porque no están para eso.

La pregunta es: ¿por qué he contado todo esto? Porque tenemos que ser conscientes de que cuando sigues las normas del juego, estás siguiendo las normas de un juego que no es tuyo, en un tablero que no te pertenece y en el que tienes todas las de perder desde antes de empezar. Por mucho que a veces avancemos tres casillas, ya sabemos desde el principio que antes de ganar la partida van a tirarnos a la basura y, si nos quejamos, van a sancionarnos de paso.

La justicia que conocemos es justicia burguesa, la igualdad que defendemos ante las instituciones es una igualdad formal, no una real. Y luego te vas a casa sabiendo que sí, te han hecho unos cuantos contratos ilegales y el sistema te lo reconoce, ¡pues qué bien!, ya volverás cuando te toque el siguiente; igual que mi exjefe volverá con el dinero que ha ganado explotando a otras compañeras en los bolsillos para pagar cualquier sanción porque le renta seguir así.

No es desde estos procedimientos desde los que los empresarios van a sufrir presión, ni consecuencias reales para sus negocios. Individualmente sí, alguno podrá perder su negocio, pero seguirán explotándonos colectivamente, como clase, sin más pausa que la necesaria para cambiar el rótulo de la empresa. No, lo que les preocupa no está en las instituciones, sino precisamente fuera. Las instituciones son los cauces por los que rigen su explotación, y estas llevan afinándose mediante ensayo y error desde que sustituyeron al orden feudal (que no es poco).

Lo que está fuera de las instituciones, es decir, por fuera de las normas de juego que el empresario tiene bajo control, son los trabajadores organizados autónomamente. Esto incluye a ciertos sindicatos, los que señalan que el marco burgués es parte del problema, y también excluye a los que lo aceptan y defienden (CCOO, UGT, y el océano de sindicatos corporativos interclasistas), pero el carácter principal de la lucha por nuestro futuro es el político. Mientras los trabajadores nos limitemos a la defensa de los intereses económicos inmediatos, la política la seguirán haciendo ellos y sus instituciones seguirán siendo las mismas. Y en ellas hay poco que ganar.

Cuanto antes asumamos que la justicia universal no existe, antes podremos prenderle fuego a la justicia burguesa. Y, con ello, comenzar el proceso de construcción de una organización social que sirva a los intereses del pueblo trabajador.