Cuando los docentes tienen menos sobrecarga laboral y más herramientas, pueden dedicar tiempo a preparar cada clase en función del grupo en vez de darla de la misma forma, a poder adaptarse al alumnado en vez de obligar a este a adaptarse al profesorado, a reforzar las necesidades individuales de cada estudiante y a trabajar en un ambiente más sano y motivador. En este sentido, ML pone en evidencia que invertir en mejores condiciones para el profesorado no es un gasto, sino una inversión directa en la calidad de la educación pública, que, pese no ser más que una lucha económica, como ya hemos mencionado anteriormente, en el marco político actual de deterioro de la educación pública en favor de la concertada y la privada es esencial.
Claramente tanto gobierno central como el gobierno de la Comunidad de Madrid actúan al compás sobrecargando a los docentes, lo cual tiene un fin evidente, acabar con la educación pública para favorecer a la privada. Tal y como rezan algunos cánticos de ML, “NADA, NADA, NADA, para la privada, y para la Concertada, menos, menos, menos”.
La socialdemocracia como barrera al cambio estructural
El movimiento también expone una crítica relevante al modelo socialdemócrata, que, aunque ha sido percibido históricamente como garante de derechos, se ha convertido en un freno para las transformaciones profundas que exige el sistema educativo. En el contexto de ML, queda claro que las políticas tibias y de conciliación perpetúan las desigualdades estructurales.
La socialdemocracia en educación ha defendido soluciones a medias, como la coexistencia de modelos públicos y concertados que terminan por legitimar y profundizar la segregación educativa. Este modelo dificulta la posibilidad de una educación pública universal y equitativa al priorizar intereses privados bajo un barniz de “colaboración”. El Movimiento Menos Lectivas nos recuerda que las reformas estructurales no se logran con parches, sino con decisiones políticas valientes que antepongan la justicia social al consenso cómodo.
La socialdemocracia en educación ha defendido soluciones a medias, como la coexistencia de modelos públicos y concertados que terminan por legitimar y profundizar la segregación educativa.
Convicción y movilización:la fuerza de creer en el cambio
El movimiento ML también nos enseña que la lucha por un ideal, aunque parezca inalcanzable o lleve a asumir riesgos, tiene un valor transformador en sí misma. Los docentes de ML han mostrado que la movilización no solo busca resultados inmediatos, sino que crea conciencia colectiva, construye comunidad y sienta las bases para cambios futuros.
Incluso cuando las metas concretas no se alcanzan del todo, la convicción de un grupo puede cambiar el panorama político, abrir nuevos debates y generar presiones sociales que eventualmente deriven en reformas. Esta lección trasciende el ámbito educativo y nos recuerda que toda lucha por la justicia social tiene un impacto, aunque el camino sea largo y difícil.
Críticas y riesgos del movimiento
El análisis del movimiento ML y su comparación con otros modelos que han acabado diluyéndose sin conseguir su objetivos principal nos obliga a examinar las dinámicas de lucha en el ámbito educativo y los desafíos que enfrentan los movimientos sociales en un contexto de creciente mercantilización de los servicios públicos.
Debemos entender cómo estos movimientos pueden reproducir las contradicciones del sistema o, por el contrario, avanzar hacia una transformación radical. A continuación, desglosamos los puntos clave y los riesgos que enfrenta ML.
1. El riesgo de acabar engullida por el sistema
Al igual que muchos movimientos laborales, los de educación han surgido como una respuesta masiva y esperanzadora contra los recortes neoliberales en la educación pública. Sin embargo, no logran consolidar cambios estructurales porque, en última instancia, no cuestionan de raíz el sistema que genera esas políticas. Con el tiempo, se acaban burocratizando y perdiendo su carácter combativo y quedando reducidos a tener un carácter meramente simbólicos. ML enfrenta un peligro similar si prioriza el crecimiento cuantitativo sobre el desarrollo cualitativo y si no logra sostener una crítica profunda al sistema. Aunque esta crítica no se refleja de forma explícita en las reivindicaciones, está presente en el enfoque político de algunas de las organizaciones que impulsan el movimiento. No obstante, la ausencia de este cuestionamiento en el discurso público ha llevado a parte de la militancia crítica a tomar distancia, lo que señala la necesidad de fortalecer ese horizonte transformador para no perder la gente que quiere acabar con el sistema y quedarse simplemente los que se conforman con “mejorar el sistema”.
El movimiento corre el riesgo de mantenerse dentro del límite de las reformas si se limita a acumular demandas parciales sin atacar las bases materiales que sostienen la mercantilización de la educación. En lugar de cuestionar el sistema, ML podría terminar negociando mejoras dentro del mismo marco que perpetúa las desigualdades. Si los sindicatos que conforman el movimiento, en la siguientes elecciones sindicales pasan a formar parte de la mesa, seguiría en pie ML, hay muchos militantes que confrontarían y lucharían por que siguiera en pie, pero se debe estar alerta para evitar que nazcan nuevas Colaus, Maestres o Espinares de este movimiento. Este enfoque reformista no solo debilita su capacidad transformadora, sino que también desmoviliza a las bases más combativas, que buscan una ruptura con el orden establecido.
2. Burocracia vs. revolución: un conflicto interno
Dentro de ML, observamos una tensión creciente entre la burocracia interna y las bases más combativas. La burocracia, aunque necesaria para la organización, tiende a priorizar la estabilidad del movimiento sobre su radicalidad. Este sector ha mostrado resistencia a aceptar los resultados de los debates internos cuando estos no se alinean con sus intereses, lo que ha llevado a la salida de militantes con una línea más revolucionaria.
La pérdida de estas voces críticas ha empujado a ML hacia un enfoque más moderado, donde se acumulan demandas parciales sin cuestionar el sistema que genera las desigualdades, además de priorizar el crecer por crecer sin ver o sin querer ver que, en la mayoría de asambleas, el profesorado tiene una visión mucho más socialdemócrata. Entonces, si se prioriza esto, el movimiento va a tender a decaer. Este giro no solo limita la capacidad del movimiento para apuntar al verdadero problema —la explotación y la mercantilización de la educación—, sino que también reproduce las jerarquías y las dinámicas de poder que supuestamente combate.
3. El crecimiento en asambleas de centro: ¿cantidad sobre calidad?
El crecimiento de ML en asambleas de centro refleja una contradicción inherente a los movimientos sociales en un contexto capitalista. Por un lado, ampliar la base del movimiento es necesario para ganar fuerza; por otro, este crecimiento no siempre viene acompañado de un fortalecimiento cualitativo. Muchas de las nuevas incorporaciones carecen de una formación política sólida o de un compromiso profundo con los supuestos principios anticapitalistas del movimiento, hay que ver si ahora saldría que es un movimiento anticapitalista.
Este fenómeno ha diluido los objetivos de ML y ha aumentado la influencia de posturas reformistas. La salida de militantes con una visión más transformadora ha dejado un vacío que la burocracia ha aprovechado para consolidar su control. En lugar de impulsar cambios profundos, el movimiento corre el riesgo de convertirse en una estructura más preocupada por su propia supervivencia que por la lucha contra el sistema.
4. La fuerza reducida y el riesgo de estancamiento
Las huelgas convocadas en octubre y noviembre de 2024 generaron tensiones internas, al producirse en un contexto en el que, meses antes, se había planteado la necesidad de establecer un protocolo claro de comunicación con los sindicatos de la mesa sectorial antes de sumarse a sus convocatorias. Si bien se realizó una votación telemática con diversas opciones y ganó la propuesta de secundar las huelgas con iniciativas propias, el proceso no estuvo exento de cuestionamientos, especialmente por la percepción de que no se respetaron plenamente los acuerdos previos sobre cómo tejer alianzas. Aunque la participación en estas huelgas fue significativa —en particular en la asamblea previa a la huelga indefinida—, no se alcanzaron los niveles de movilización ni de debate esperados. Las asambleas generales han ido perdiendo asistencia y el movimiento ha tenido dificultades para sostener el impulso inicial.
Este estancamiento se debe, en parte, a la falta de una estrategia clara que vaya más allá de las demandas inmediatas. Si ML no recupera su enfoque inicial y no se atreve a plantear una crítica más radical al sistema, corre el peligro de convertirse en otro Marea Verde, un movimiento que, aunque inspirador en sus inicios, termina reducido a un espacio de resistencia simbólica, incapaz de generar cambios estructurales.
5. El 23F: mucho ruido y pocas nueces
El éxito del 23F no se puede discutir, fue una gran convocatoria, con varias decenas de miles de personas gritando “viva la educación pública” y llenando Madrid de verde, pero la pregunta no es si fue un éxito, sino para quién lo fue.
El éxito fue rotundo para la socialdemocracia: una manifestación en la que participaron incluso partidos del Gobierno central, responsables directos de leyes como la LOMLOE, la LOSU o la nueva ley de FP, que han debilitado la educación pública abriendo la puerta al negocio privado y sobrecargando al profesorado. La presencia de los sindicatos mayoritarios —anteriormente objeto de fuertes críticas por su pasividad— no generó una respuesta clara dentro de la movilización, lo que contribuyó a reforzar la sensación de continuidad con dinámicas anteriores. En ese contexto, parte de la base, al no percibir una ruptura clara con el pasado, ha ido distanciándose del movimiento. Se ha perdido en parte el relato: la lucha por una transformación profunda ha cedido espacio a una lógica de mínimos que desdibuja el horizonte revolucionario. La manifestación se leyó en buena medida como un gesto contra Ayuso, pero sin cuestionar con la misma fuerza a las políticas del PSOE, de Sumar o a las burocracias sindicales que, durante años, han optado por gestionar la derrota en lugar de construir una alternativa real. La defensa de la educación pública no puede seguir asentada sobre quienes sostienen, por distintas vías, su progresivo desmantelamiento. El reto está en recuperar una estrategia que no se limite al rechazo al Gobierno autonómico, sino que apunte con claridad al conjunto del modelo y apueste por una ruptura socialista y democrática desde abajo.