La socialdemocracia también está en las calles

La socialdemocracia también está en las calles

En los últimos años estamos siendo testigos del resurgimiento vigoroso del movimiento de vivienda en diferentes partes del Estado. Si bien este movimiento es el mismo que consiguió alcanzar gran impacto político e ideológico entre la población hace ya más de una década – tras la crisis financiera de 2007-2008 –, en este tiempo ha sufrido algunos cambios que le confieren características particulares. 

Si se atiende a la problemática específica dentro de esta lucha que aglomeró a más militantes se puede ver una diferencia evidente. Mientras que en el momento posterior a la crisis financiera el movimiento de vivienda se desarrolló principalmente tratando de buscar soluciones a los problemas derivados de las hipotecas fraudulentas; en este momento, la problemática que está aglutinando a más militantes es la de los alquileres. 

También se han producido cambios en aspectos formales. A pesar de que la mayoría de plataformas, organizaciones y sindicatos sigan teniendo una estructura de participación asamblearia, ha evolucionado la organización de la participación en estos espacios. En aquel momento la estructura que se generalizó en el movimiento es la propia de las Plataformas de Afectados por las Hipotecas (PAH), estructura que generalmente era funcional a la intervención asistencial de los casos. En la evolución del movimiento, la tendencia ha sido a buscar formas de organización que permitan articular una actividad política que trascienda el asistencialismo.

Manifestación por el derecho a la vivienda del 9F. Fuente Efe Noticias
Manifestación por el derecho a la vivienda del 9F. Fuente Efe Noticias

El movimiento de vivienda y la socialdemocracia

El problema de la vivienda afecta de formas muy diversas a sectores cada vez más amplios de la clase trabajadora. La violencia y amplitud con que este problema afecta a las clases oprimidas sienta las bases, junto con otros factores políticos, para que tanto individualidades no politizadas como un amplio abanico de organizaciones de diversa ideología y trayectoria se impliquen en esta lucha. Los motivos de este acercamiento son también diversos y no siempre honestos. Y, por ello, estos acercamientos no siempre resultan positivos para el movimiento.

Buena parte de las organizaciones que se implican en este movimiento puede caracterizarse, en base a su estrategia, como socialdemócrata. Incluso algunos partidos de la burguesía intentan, como ya lo han hecho en tantos otros momentos, sacar rédito político de esta lucha. 

Se puede definir la socialdemocracia en base al legado que nos deja la basta experiencia del movimiento obrero. De forma sencilla, es el movimiento de  fuerzas políticas que buscan generar mejoras en las condiciones de producción y reproducción de la clase trabajadora sin otro horizonte que la acumulación de reformas concretas. Reformas puntuales que dejan intacto el sistema económico – y el Estado que lo sostiene – que precisamente engendra las lacras a las que se pretende poner fin. Reformas que, además, se suelen solicitar al gobierno de turno a través de herramientas de protesta más o menos acordes a la legalidad burguesa. Por lo tanto, en síntesis, se puede definir la socialdemocracia como aquella tendencia política que aboga por una estrategia reformista. En el presente, esta práctica suele estar envuelta en un discurso que tiende a rechazar el ejercicio de la violencia por parte de la clase trabajadora contra sus opresores, también a legitimar el derecho burgués o, en general, a rechazar el conflicto entre clases (si no se ha negado teoréticamente antes).

Apelando una vez más al legado que deja la historia de nuestro movimiento, sabemos que esta estrategia ha conducido a pocos éxitos sustantivos para la clase trabajadora; y que los éxitos parciales y necesarios que se han obtenido no han sido estables ni perdurables. 

La socialdemocracia también está en las calles

En este sentido, a cualquier persona que se encuentra activa en los diferentes movimientos populares le resultará fácil identificar el carácter reformista de la estrategia que siguen los diferentes partidos parlamentarios de izquierdas. Y yendo un paso más allá, a muchas la práctica militante nos ha enseñado que los intereses que en último término defienden son los de la propiedad privada, cuyo dominio acapara una sola clase. A pesar de que estos partidos pretendan hacernos creer que el Estado es neutral, no olvidamos que este pertenece a una sola clase, la capitalista. 

Pero es necesario ahondar un poco más en esta cuestión: el carácter político de las demandas que enarbolan algunas organizaciones muestran claramente que no sólo los partidos e instituciones burguesas adoptan una estrategia reformista. Esta estrategia política se extiende a lo largo y ancho de todos los movimientos sociales de una u otra forma. Se puede ver en sectores concretos del movimiento de solidaridad con Palestina, apelando al derecho internacional y el buen hacer de los líderes políticos de los estados imperialistas; también en las numerosas redes de apoyo que surgieron en los tiempos de la pandemia, cuando su actuación no iba más allá del asistencialismo ante el problema sin señalar sus causas; o en el movimiento contra las casas de apuestas que se extendió por los barrios proletarios de las principales áreas metropolitanas del Estado, cuando su actividad se ceñía a reformas concretas capitalizadas posteriormente por el Ministerio de Consumo del Gobierno autoproclamado progresista. Muchos de estos movimientos dirigen su acción en dos direcciones más o menos claras. O bien dirigen sus demandas hacia los partidos burgueses, normalmente confiando en las buenas intenciones del ala progresista del parlamento; o bien encauzan su acción militante hacia el asistencialismo, carente de una organización, acción y discurso que señale y ataque las causas reales del fenómeno que se busca paliar.

Merece la pena destacar una forma específica en la que este fenómeno se ha dado de forma transversal en el Estado español: no se puede pasar por alto la actuación de partidos como Podemos respecto a los movimientos sociales. En el momento en que mayor relevancia política tuvo, una parte considerable de su actividad consistió en enviar a multitud de militantes de su partido a participar como individualidades apartidistas en diferentes asambleas políticas y populares. El objetivo, en muchas ocasiones alcanzado, fue subsumir la potencialidad política de estos espacios de organización a sus intereses partidarios y, como está más que demostrado, burgueses. Desde luego, no es una práctica novedosa, ni extinta. 

 

 

O bien dirigen sus demandas hacia los partidos burgueses, normalmente confiando en las buenas intenciones del ala progresista del parlamento; o bien encauzan su acción militante hacia el asistencialismo, carente de una organización, acción y discurso que señale y ataque las causas reales del fenómeno que se busca paliar.

A pesar de que la caracterización de la estrategia reformista dentro de cada movimiento social exija un análisis concreto que no puede ser contenido en este artículo, cabe señalar que el movimiento de vivienda, lejos de ser una excepción, hoy igual que ayer, contiene este problema en su seno. Como se ha señalado, de una forma u otra las organizaciones reformistas del movimiento de vivienda delegan la agencia de sus propuestas en el Estado burgués. Es a este a quien confían la consecución de los objetivos que plantean. Bien denuncian legítimamente la injusta actuación del aparato estatal sobre el problema de la vivienda –  no es un secreto para nadie que son las unidades policiales del supuesto Estado progresista las que garantizan que los desahucios se lleven a término diariamente –; o bien denuncian la insuficiencia de la intervención del Estado sobre esta problemática y solicitan la extensión de los paquetes de medidas sociales para prevenir los desahucios. Probablemente, el conjunto de demandas que se aproximan a este segundo polo del continuo sean las más peligrosas. A pesar de su apariencia progresista, la materialización de estas vindicaciones supone directamente la expansión del control del Estado sobre la vida de los trabajadores. Mismo Estado que perpetúa la miseria de la que las clases oprimidas llevan toda su historia intentando deshacerse. 

En definitiva, como sucede con otros movimientos prototípicamente asistencialistas, por ignorancia o por un interés objetivo y consciente, estas organizaciones carecen de una estrategia dirigida a incidir práctica y teóricamente sobre las causas últimas de la multitud de problemáticas que se engloban en el movimiento de vivienda. En ausencia de esa estrategia, estos movimientos tienden a encerrarse en su naturaleza sectorial y en el reformismo, alejándose de la construcción de un movimiento capaz de defender los intereses de la clase trabajadora y de socavar la causa última del problema: la propiedad privada burguesa. 

La lucha contra la socialdemocracia

Entre las diferentes ideologías que confluyen en los movimientos sociales existe consenso en torno a la necesidad de la unión masiva, de la creación de grandes frentes, agrupaciones multitudinarias capaces de hacer firmes sus demandas. Este horizonte está en la mirada de todo aquel que imagine la superación del orden actual de las cosas. Pero, de nuevo, debemos atender a la historia del movimiento obrero: no es deseable toda unidad, es necesario afinar el análisis siempre y ponderar la relevancia en cada momento de la cualidad de la unión frente a la cantidad, y viceversa

No es aventurado afirmar que en el seno de los movimientos sociales – y más concretamente en el de vivienda, después de unos cuantos años de mentiras del Gobierno más progresista de la historia –  existe cierto acuerdo en torno a la necesidad de mantener una estrategia independiente de la vía parlamentaria. 

Alinear ambas aspiraciones –  la unidad de la clase y la independencia de los movimientos respecto a la vía reformista – apunta a la necesidad de profundización en el análisis, concretamente, a la necesidad de distinguir en este análisis los diferentes momentos o niveles de organización política. Teniendo en cuenta el momento actual de organización política, de ninguna manera puede darse por supuesto el carácter proletario de un movimiento social; esta independencia, por tanto, está por construir. 

El objetivo de todo momento de organización es alcanzar la necesaria independencia política de clase. Sin embargo, alcanzar esta meta pasa por lograr otros objetivos intermedios. Dado el momento actual de desarrollo de conciencia y organización política es inevitable la coexistencia con individualidades y organizaciones socialdemócratas; por tanto, estos objetivos deberán avanzar en la línea de confrontar la ideología y prácticas socialdemócratas en cada espacio de organización proletaria. Debemos reconocer que la colaboración con estos sectores socialdemócratas debe producirse, en todo caso, de forma táctica, y sólo en aquellos casos en que vaya en favor de una estrategia destinada a hacernos independientes de ellos. Esta es la forma de alinear la actividad inmediata con la independencia organizativa y política de nuestra clase. Concretar esta vía es una tarea que exige el desarrollo de la creatividad militante para emplear todas las herramientas necesarias de confrontación.

Absorción institucional de los movimientos sociales

La crítica de la estrategia reformista no es fruto de juicios arbitrarios o de odios subjetivos. Una vez más, es el fruto de aplicar las lecciones que tanto sufrimiento les ha costado a todas las clases oprimidas obtener.

No se puede dejar de lado el pasado más reciente de lucha. Si se mira quince años atrás, se verá que las PAH surgían en cada barrio, en cada municipio, y enfrentaban el poder policial en cada desahucio. Pero, sin necesidad de escudriñar demasiado, también se puede ver la facilidad con la que partidos políticos como Podemos consiguieron penetrar en sus estructuras, alinear sus demandas a las de su partido y, en definitiva, inhabilitar el potencial que estas y otras organizaciones contenían. Sería incorrecto afirmar que la desarticulación de este movimiento se deba únicamente a factores externos, pero es legítimo y necesario para el futuro inmediato de los movimientos sociales señalar el papel decisivo que la socialdemocracia institucional tuvo en este fenómeno.  

De nuevo, el movimiento de vivienda no es una excepción. Este fenómeno de absorción y despojo del potencial ofensivo contra el Estado también lo vemos fácilmente en el caso del feminismo. En la última década el feminismo llegó a agrupar a grandes multitudes en su seno, algunas con un carácter claramente progresista, en la medida que tenían la astucia de señalar la responsabilidad del Estado en la configuración histórica de la opresión de las mujeres. Su auge tuvo un impacto decisivo en la articulación del resto de movimientos sociales. Sin embargo, de nuevo, el ala progresista – y no tan progresista – de la burguesía fue capaz de intervenir con cierta facilidad en este movimiento arrastrando a buena parte del mismo hacia la inmovilista confianza en el Estado, cuando no, a vinculación orgánica al mismo. En consecuencia, hemos visto en un periodo menor a diez años cómo renacía el movimiento en manifestaciones de multitudes inusitadas para disolverse en butacas y techos de cristal rotos para unas pocas.

Como ya se ha anticipado, asumir que la absorción de estos movimientos por la socialdemocracia sólo tiene que ver con las características de esta y no con la estrategia de dichos movimientos sería erróneo y condescendiente. También hay factores internos detrás de este fracaso: la ausencia de una estrategia de clase, capaz de revelar la inoperancia de la vía socialdemócrata en todas sus manifestaciones.

Hacia la independencia de la socialdemocracia 

A pesar de que se suele interpretar la socialdemocracia como un agente político encorsetado en las instituciones estatales, es una fuerza que penetra de forma determinante en todos los espacios de organización y de cultura. No sólo toma vigor a través de la vía institucional, aunque efectivamente sea el foco en el que repercuten todos los esfuerzos prácticos en los que se manifiesta. Toma fuerza arraigando cultural e ideológicamente entre la clase mayoritaria, el proletariado.

En el estado actual de organización política de la clase trabajadora es común que muchos de los colectivos que componen los movimientos sociales adopten una estrategia reformista; en otros momentos lo hemos visto claramente en el movimiento feminista y hoy lo volvemos a ver en el movimiento de vivienda. A pesar de saber errónea esta estrategia, en determinados momentos puede resultar útil, e incluso necesaria, la colaboración con estos sectores del movimiento. Aunque fruto de un análisis primario se considere imperante la necesidad de evitar la presencia del reformismo en nuestros movimientos, entender la socialdemocracia como un fenómeno político amplio de manifestaciones diversas implica entender la necesidad de una actividad política compleja. No se debe evitar la confrontación de esta ideología en los espacios de organización política, al contrario, debe combatirse de forma efectiva  mediante la actividad práctica en todas sus posibles manifestaciones. 

En el seno de multitud de asambleas y organizaciones la toma de decisiones respecto a la colaboración con destacamentos reformistas han supuesto procesos difíciles y dolorosos, incluso han marcado puntos de inflexión. No es extraño, pues las alternativas que parece que esta decisión permite son la pérdida de autonomía política de la organización en beneficio del agente socialdemócrata o la condena del movimiento político a la marginación. 

No se debe evitar la confrontación de esta ideología en los espacios de organización política, al contrario, debe combatirse de forma efectiva  mediante la actividad práctica en todas sus posibles manifestaciones. 

La resolución de este problema siempre exige un proceso de análisis específico más complejo y concreto. Pero sí se puede deducir la lógica de este análisis a partir de algunos principios organizativos fundamentales. A lo largo del texto se ha tratado de defender de forma más o menos explícita la necesidad de guiar la actividad militante mediante una estrategia que parta de las necesidades del proletariado y que apunte de forma rotunda a la mejora de sus condiciones de vida y a la creación de las condiciones de posibilidad para su emancipación como clase

Por lo tanto, lo que se plantea es que el punto de partida para poder servir verdaderamente a los intereses del proletariado en el seno de los movimientos sociales es trazar una hoja de ruta propia. Este principio no debe negar apriorísticamente la participación coyuntural con destacamentos socialdemócratas; siempre y cuando esta participación pueda suponer un beneficio para el avance hacia la consecución de los intereses objetivos de la clase trabajadora. 

Con esta conclusión no se pretende cerrar el problema, si acaso abrirlo, sumar un pequeño aporte al debate en torno a la lucha por los intereses de los trabajadores. Se presenta como una invitación a toda la militancia a la creatividad en el diseño y puesta en marcha de una práctica política que acerque a la clase trabajadora a su emancipación, a combatir ideológica y prácticamente la socialdemocracia en todos los espacios de organización.

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