Las protestas contra la prohibición del velo en institutos de Parla reabren el debate sobre la religión y la emancipación de las mujeres.
“Es intolerable en absoluto cualquier diferencia de derechos entre los ciudadanos en dependencia de sus creencias religiosas […] La burguesía reaccionaria se ha preocupado en todas partes […] de atizar la enemistad religiosa para desviar en esa dirección la atención de las masas y apartarlas de los problemas económicos y políticos auténticamente importantes.” – Lenin (El socialismo y la religión, 1905).
26 de febrero. El Sindicato de Estudiantes convoca una manifestación en Parla: tres institutos abren la puerta a prohibir el uso del velo en sus aulas. Lo hacen por la puerta de atrás, con disimulo, reformando el régimen interno que regula la vestimenta de sus alumnos. De esta forma, sin reconocimiento explícito, los velos quedarían, de facto, vetados. Lo que implique esto, realmente, para las alumnas musulmanas parece quedar fuera de todo foco.
Ese mismo día, en cuanto la noticia de la manifestación llega a las redes sociales comienza a generarse un debate, cuando no una discusión, sobre el uso y la prohibición del velo. Algunas feministas claman al cielo afirmando con rotundidad que el velo es una losa patriarcal sobre las mujeres, una muestra visible de subyugación. Dicen que la mujer musulmana, en tanto tal, es un ser pasivo, totalmente enajenado, a diferencia, claro, de las mujeres occidentales.
A ellas, a las feministas prohibicionistas del velo, de forma oportunista, se les unen siniestros personajes y organizaciones reaccionarias – como Vox, Núcleo Nacional, Frente Obrero, Vanguardia Española o Hacer Nación – que quieren aprovechar la ocasión para exacerbar su chovinismo y su racismo. La noticia acaba llegando a la prensa generalista, y en ella solo nos queda leer capciosos titulares en artículos de crónica y opinión: “Amenazas de muerte contra profesoras en Parla que piden regular el hiyab y burka” (Antena 3), “Estudiantes por el ‘hiyab’” (El País), “El velo islámico empodera (a la que no lo lleva puesto)” (El confidencial), “Parla adelanta la guerra del velo en las aulas” (El Mundo).
Cualquiera puede entender que estar en contra de la prohibición de algo, por sus consecuencias discriminatorias, no implica estar a favor de su imposición. O todo o nada: el maniqueísmo se apodera del debate.
Estos titulares, de marcado sesgo reaccionario, vuelven a las redes y marcan el debate. Parece, según nos cuenta Atresmedia, Grupo Prisa y Juan Soto Ivars, que hay dos bandos en “la guerra del velo”: aquellos que quieren prohibirlo y aquellos que, parece, quieren imponerlo. Los primeros se escudan en la laicidad, raramente pidiendo la prohibición de la religión católica en los colegios. Los segundos, llanamente, no existen más que en las cabezas de los primeros. Pues acaso que no se quiera ver al Sindicato de Estudiantes como una filial del Estado Islámico cualquiera puede entender que estar en contra de la prohibición de algo, por sus consecuencias discriminatorias, no implica estar a favor de su imposición. O todo o nada: el maniqueísmo se apodera del debate.
En él, muchos militantes comunistas, haciendo gala de su nula independencia ideológica, toman partido por un ateísmo infantil que ataca lo superficial y entierra bien hondo las razones del pensamiento religioso y la opresión sobre las mujeres.
Al final la discriminación sobre una minoría queda opacada por el ruido de un falso debate, que en el mejor de los casos toma un enfoque liberal-feminista y, en el peor, un monstruoso enfoque religioso y racista.
Ahora bien, ¿por qué el velo, el hiyab, es objeto de debate?, ¿cómo llegan a forjarse las distintas posturas sobre la cuestión?, ¿cuáles son las consecuencias políticas reales de las distintas posiciones?, ¿qué posición debemos tomar aquellos que estamos comprometidos con la alternativa comunista?
El hiyab, el feminismo y la islamofobia
Lejos del presentismo, los hechos relativos al 27 de febrero son algo relativamente recurrente. Nuestra historia reciente está salpicada de casos en los que adolescentes musulmanas han sido víctimas de la persecución mediática e institucional por el hecho de llevar velo. En todos los casos – San Lorenzo (2002), Girona (2007), Pozuelo (2009), Getafe (2024) – la dinámica de lectura ideológica ante los hechos es un poco similar: de un lado, aquellos que sostienen un prohibicionismo tajante; de otro, aquellos que sostienen una libertad abstracta e individualista.
Dentro del prohibicionismo nos encontramos con tres argumentos principales que, aun siendo diferentes, no obstante, suelen compartir un fondo fundamentalista y occidentalista, fruto de una reacción chovinista ante la inmigración del sur global.
De un lado nos encontramos con ciertos sectores del feminismo que argumentan que el velo es un estigma de opresión sobre las mujeres. Algo que, en ciertos contextos, no deja de ser verdad. No obstante, esta posición aboga por la prohibición del velo en el espacio público (instituto, centros de trabajo, espacios de ocio, etc.), y lo hace sin ver las consecuencias que para la mujer musulmana acarrearía esta prohibición. Si asumimos que a raíz de esta prohibición se impone una contradicción entre la confesionalidad de la mujer y su capacidad para participar autónomamente en la vida pública, veremos que la prohibición del velo se concreta en dos escenarios: uno en el que la mujer renuncia, o se ve obligada a renunciar, a la vida pública, quedando relegada en el ámbito doméstico; otro en el que la mujer renuncia a su confesión, renunciando con ello a gran parte de su círculo social, lo que incluiría, en muchas ocasiones, una ruptura de relaciones con la familia de la que se depende económicamente. Ambos escenarios, en los que debemos asumir una dependencia económica de los individuos al trabajo asalariado y la familia nuclear, dibujan realidades en las que la mujer, lejos de ser liberada de la opresión, es atada a esta, encerrada en el hogar o arrojada a la marginalidad.
Por otro lado, nos encontramos con aquellos que proponen la prohibición del velo desde posiciones supuestamente ateas o laicas. En esta trinchera, lastimosamente, se encuentran algunos destacamentos comunistas que abrazan una estrategia infantilista y vulgar respecto a la religión. Apostando por tácticas que reavivan el fundamentalismo, refuerzan la capacidad represiva del Estado burgués y ocultan la base material del pensamiento religioso.
Por último, nos encontramos con posiciones abiertamente supremacistas y racistas que defienden una guerra contra el islam y, en general, contra todo lo nombrado extranjero. Aquí nos encontramos con actores políticos fascistas o fascistizantes como Vox, Alianza Catalana o Frente obrero.
Fuera del prohibicionismo, por lo general, no encontramos más que brindis liberales y abstractos por la libertad religiosa e individual. Estas posiciones si bien no abogan por la discriminación en dependencia de las creencias religiosas sí asumen un marco ideológico burgués que, en última instancia, no socava la opresión sobre la mujer ni el pensamiento religioso. Aquí se sitúan muchas fuerzas de izquierda, incluidas algunas autodenominadas revolucionarias.
La estrategia revolucionaria por el ateísmo
Frente a estas posiciones, el comunismo, desde hace más de un siglo, aboga por la aconfesionalidad radical del Estado y por la promoción incansable del pensamiento científico. Esto no pasa, en caso alguno, por la discriminación de las minorías religiosas, sino por la lucha contra aquellas condiciones sociales que posibilitan y reproducen el pensamiento religioso y la opresión sobre las mujeres.
Si queremos evitar que la reacción, de uno u otro color, hegemonice todo conflicto social, no podemos caer en sus marcos discursivos. Debemos tener una posición ideológica y política independiente. Debemos oponernos a la discriminación por motivos religiosos, así como debemos oponernos a la religión. Esto significa oponernos a la persecución institucional de individuos, mujeres u hombres, que profesen con normalidad una u otra religión. Está claro que la desunión étnica o religiosa de nuestra clase no es el camino por trazar.
Por el contrario, las revolucionarias apostamos por sacar a todas las religiones de la política estatal -prohibiendo subvenciones, apoyos institucionales, beneficios fiscales, enseñanza en las escuelas, etc-, promover el pensamiento científico, poniendo sobre la mesa las consecuencias políticas del pensamiento religioso, y socavar la base material de la religión: la sociedad de clases y la enajenación económica, política e ideológica de los y las trabajadoras.
Si queremos evitar que la reacción, de uno u otro color, hegemonice todo conflicto social, no podemos caer en sus marcos discursivos. Debemos tener una posición ideológica y política independiente.
En suma, debemos asumir y actualizar al calor del presente lo ya dicho por el PC(b) de Rusia: “El Partido aspira a destruir por completo los vínculos entre las clases explotadoras y la organización de la propaganda religiosa, así como a emancipar de hecho a las masas trabajadoras de los prejuicios religiosos, organizando para ello la más amplia propaganda de divulgación científica y antirreligiosa. Al hacer esto debe evitarse cuidadosamente toda ofensa a los sentimientos de los creyentes, que conduce únicamente a afianzar el fanatismo religioso”.


